Todo es súper importante, hasta que un día enfermas y te das cuenta de que sólo una cosa era realmente importante: tu salud.

Entonces empieza la aventura de atender las recomendaciones de los profesionales, de escuchar los consejos de la gente de tu alrededor, de leer en Internet buscando diagnósticos y porqués…Cuando nada de eso te funciona, empiezas a buscar otras alternativas…

Y en esa etapa de búsqueda y entendimiento (que a veces es muy larga y más que te resulta), empiezas a enterarte que la enfermedad y la salud están en una misma balanza que puede inclinarse hacia un lado u otro dependiendo de lo que hagas. Vaya, que no depende de la buena o mala suerte que tenga uno, sino que los hábitos y cuidados diarios pueden determinar el estado de salud.

Entender esto lleva un proceso, no se logra de la noche a la mañana… pero llega un momento que sientes de verdad que no quieres continuar así y comienzas a realizar algún cambio en tu vida: sales a andar, o a correr, trabajas con más prudencia reservando algún rato de descanso para ti, acudes a un nutricionista que te enseña a comer mejor y con más orden, vas al monte los fines de semana, lees algún libro inspirador… y un día te animas a probar una clase de yoga.

¿Te suena la historia? Yo también empecé así.

Así me fui a probar, bajo recomendación de varias personas y sin saber exactamente dónde me metía.
Puede que realices tu primera clase y te pase como a mí, que pensé: “¿por qué no había probado esto antes? ¡Es una pasada!”
Puede que pienses que ha estado bien aunque te hayas sentido un poco perdido o incluso mareada con tanta respiración.
Puede que pienses que esperabas que fuera de otra manera aunque en el fondo tus sensaciones son de bienestar, o quizás seas de los que pruebas y sales pensando que esto no es para ti, que necesitas otro tipo de ejercicio.

Todas estas opiniones son puntos de vista válidos, determinados en gran medida por la intención con la que has ido hacia la clase.
Mi experiencia me ha enseñado que lo más importante para asistir a una clase no es la flexibilidad ni el buen estado de forma sino la motivación y las ganas en lo que haces: de todo esto depende las sensaciones que vas a tener durante y al final de la clase. Y eso es lo que te engancha para volver a tumbarte sobre la esterilla.

Cada uno tenemos nuestro momento… quizás sea ahora tu momento de probar una clase, o quizás lo sea más adelante… siempre hay posibilidad de una segunda oportunidad…